lunes, 6 de abril de 2015

#RELATO: Las Flores Opacas

Las flores opacas
M.B.Vigo

Entre las ruinas siempre terminaban creciendo las flores. Eso siempre le había parecido como una burla de la naturaleza hacia lo artificial, siempre le había despertado una ternura tan desmesurada como irracional. Sentada, muda, inerte, sobre una roca abandonada sin forma ni motivo alguno de estar ahí, contemplaba las ruinas del Aeropuerto de Barajas, Madrid. Ciudad ya casi extinta, sumida en la pobreza y en el caos, condenada a no pertenecer ya a ese mundo que se consumía a cada segundo que pasaba.

Florecían azules y vivas varios ejemplares de Hepatica Nobilis, parcialmente cubiertas por un cúmulo de escombros grises y sin vida. Hipnotizada quedamente por su color y por su latido, que podía sentir junto al suyo, se permitió el lujo de deleitarse durante un tiempo en tal visión, casi exótica, casi mágica. Sobre ella, un cielo eternamente gris, que amenazaba con romper a llover con fiereza sobre el enorme montículo de edificios destruidos.

Se desperezó, sintiendo el frío ahondar en sus huesos y sacó una navaja de su bolso de cuero raído. Se agachó y cortó, con sumo cuidado y delicadeza, varias de las vistosas flores que nacían de la planta. Las envolvió en un paño de seda para que no se estropeasen durante el viaje. Rezó una oración breve para disculparse ante los Seres de Luz de haber quebrado la condenada vida de ese ser vivo y prosiguió su camino.

La Tierra había sido despojada de lo que, otra hora, había sido un gran imperio. Las luces misteriosas del cielo, que empezaban a aparecer muy recurrentemente en la negrura de la noche, al amparo de la oscuridad, se sentían atraídas por la sociedad compleja que el ser humano había conseguido construir sobre un planeta salvaje y verde, que había sido dejado ahí a merced de los caprichos del destino, de la evolución de las especies, o de la tosca suerte de la genética.

Millones de años después, el planeta luchaba por volver a sus orígenes, pero de una forma muchísimo más dolorosa y muchísimo menos hermosa. La muerte, la enfermedad, la carencia de recursos, el odio, las guerras y la destrucción, eran lo único que podía verse desde la galaxia, lo único que podían ver esos seres que los observaban desde las alturas. Dios, decían algunos. Pero no, no era Dios. Dios había abandonado ese mundo hacía ya mucho tiempo. Se trataba de otros tipo de seres, seres que no eran terrestres, seres muy superiores al vulgar ser humano, seres que ni siquiera mostraban interés en darse a conocer. Ella nunca había tenido ocasión de ver ninguno, ni tampoco quería imaginarse cómo eran.

Avanzó por el turbio terreno. La vegetación invadía los restos sin miramientos. En pocos años, allí ya no quedarían ni los cimientos para el recuerdo. Miraba a su alrededor, con aires de nostalgia, de esa nostalgia ardiente y febril, que resultaba casi insoportable. No logró sobreponerse a los abrumantes recuerdos, pues el olvido era demasiado débil cuando se trataba de dejar atrás un pasado que abrasaba. Notó como sus delgadas rodillas flaqueaban. La ausencia de fuerzas le fulminaba, pues hacía demasiados días que no comía algo en condiciones.

Caminó durante horas, mientras el día iba siendo dilapidado por la inminente noche. Apuró, a duras penas, los pasos y, jadeante, logró llegar a las puertas de la Zona Segura 3, la única operativa que quedaba en cientos de kilómetros a la redonda. Se acercó a los Guardas de la entrada que le impedían el paso.

—La capucha —gruñó uno de ellos, con aspecto enfermo.

Ella suspiró. Se descubrió la capucha de una maltrecha sudadera que había conseguido encontrar en un basurero. Lució, sin orgullo, una cabeza prácticamente canosa a pesar de su juventud. Sus ojos, de un verde intenso, destellaron en la oscuridad. Varias cicatrices afeaban la tez de su rostro.

—La florista —dijo el otro, en tono más suave —. Disculpa, Lis, no te habíamos reconocido. Casi llegas tarde, deberías de tener más prudencia.

La muchacha, volvió a cubrirse el cabello y franqueó la entrada sin mediar palabra. La noche era desafiada por algunas farolas tenues distribuidas sin ningún tipo de orden. Las mayor parte de las viviendas eran chabolas hechas de desechos, que no abrigaban del frío y apenas protegían de la lluvia. Un fuerte olor a enfermedad y a putrefacción inundaba las callejuelas improvisadas, oscuras y desiertas. Escuchó el ulular de un ave nocturna que la sobrecogió.

Se escabulló apresuradamente, aterrorizada, hasta que llegó a su refugio. Una trampilla en el suelo, apenas visible en un rincón penumbroso. Se agachó, entró y echó el cerrojo tras de sí. Encendió una vela valiéndose de una caja de cerillas y se sintió más reconfortada, a pesar del frío y de la humedad. Su casa apenas tenía diez metros cuadrados. Se trataba de un zulo, sin ventanas y sin apenas ventilación, con un colchón en un rincón y un cojo escritorio. No tenía cocina ni urinario, por lo que si quería hacer sus necesidades debía salir al exterior. Tampoco tenía agua.

Abrió una portezuela. Tras de ella había un segundo espacio, el almacén de flores, el lugar más vivo y hermoso que existía. El único motivo por el cual continuar luchando.

Los jarrones y los recipientes, con agua que había conseguido traer durante las lluvias, se esparcían caóticamente por cada uno de los huecos disponibles de la estancia. Estanterías flojas y mesas roídas eran sus expositores. Tomó una taza sin asa y llenó con los restos de agua que le quedaban en un bidón sucio. Cogió las flores azules, hermosas, que había arrebatado al medio natural y las depositó ahí. Su color era tan vivo que ensombrecía a todas las demás.

Lis adoraba las flores. Había sido una prestigiosa empresaria en el ámbito de la venta y distribución de las mismas, contando con un puñado de invernaderos repartidos por todo el territorio nacional. Se había hecho un nombre, y un renombre, y había sido plenamente feLis pudiendo enriquecerse de algo que amaba desde que era una niña. Todavía, después de tantos años, no era capaz de asimilar que todo eso ya no existiera.

No le quedaba nadie. Su familia había emigrado y hacía mucho tiempo que no recibía cartas de ellos. Dudaba de que siguieran con vida, pero no quería pensar en que hubiesen muerto. Ella misma no sabía si estaba viva, o simplemente estaba en un estado de muerte prematura, sin alma, sin esperanza y sin latido real. Se sentía enferma, pero no conseguía debilitarse tanto como para perder la conciencia. Los niños, las mujeres, morían a su alrededor, ella enterraba los cuerpos junto con los vecinos. Y llenaba sus tumbas de flores hermosas. Daban color a la muerte, ocultaban la verdad que había tras las lápidas. Las flores, de hecho, eran sumamente opacas. Porque no dejaban traslucir nada, porque no dejaban ver lo que escondían detrás de ellas. Se apropiaban del dolor de la pérdida, y también se apoderaban de la alegría que se desprendía al tenerlas. Eran ladronas, ladronas de momentos, de personas, de sentimientos.

Algo raro ocurría con esas flores. Algo tan raro que Lis empezaba a asustarse. Porque sus flores, sus preciosas flores, sus niñas, sus hijas, no morían. Todo se derrumbaba a su alrededor, la putrefacción se adueñaba de los cuerpos, la destrucción fulminaba las casas, se agrietaban las autopistas abandonadas, se abandonaban las estaciones de ferrocarril. La humanidad iba pereciendo a un ritmo desalentador y vertiginoso. Pero sus flores, sus flores opacas, sobrevivían y perduraban.

Sus flores, que plagaban de colores la gris existencia, perduraban. Las  rosas, las camelias, los tulipanes, las varas de oro, las orquídeas, las margaritas, los girasoles, las amapolas... todas ellas, que vivían, que sobrevivían en ese cuartucho, llevaban vivas más de una década. Y éstas, aun alejadas del agua que era su alimento, aun privadas de los rayos del sol ya inexistente, yacían sobre las tumbas de los muertos, que el recuerdo no se resignaba a dejar marchar. Y yacía vivas. Vivas. Vivas por la eternidad.

Lis no sabía porqué ocurría ello. Los vecinos lugareños tampoco, pero su alrededor empezaba a inquietarse. Notaba que la temían, que las personas renegaban de mirarle a los ojos o de tocarla. Creían que era uno de esos seres que habían caído del cielo y habían traído el sufrimiento a la tierra. Una desertora. Se habían olvidado de que era tan humana como ellos. Mortalmente humana.

Lis se desnudó despacio, tiritando de frío. Su piel se carcomía poco a poco, como la de todos los demás. Se miró los brazos ahora desnudos, plagados de eccemas que adquirían un color negruzco y sangraban levemente. En su abdomen había aparecido un nuevo brote en los últimos días, y también notaba que empezaba a caérsele la piel de los glúteos y la espalda. Probablemente, si no la mataba el hambre, se pudriría en pocas semanas.

Se paseó entre sus flores y fue acariciando sus pétalos y sus tallos. Y fue absorbiendo su delicioso aroma. Cada cual gozaba de una personalidad diferente, y ella ansiaba conocerlas a todas. Pero no había tiempo. El tiempo corría, corría hacia su propia muerte. No tenía miedo a morir, pero tenía miedo de que si ella moría, sus flores muriesen con ella. Entonces, la poca alegría que podía quedar en ese lugar maldito, se extinguiría. Y no solo el hambre o la enfermedad mataban, también lo hacía la amargura, la tristeza y la desdicha.

Lloraría si pudiera recordar cómo hacerlo. En su lugar, se dejó caer despacio en el suelo, rodeada de sus flores, y durmió vencida por el cansancio. Sus sueños se envenenaron de pesadillas, insistentes pesadillas, que perturbaron su descanso. Cuando por fin se despertó, se encontraba más agotada y dolorida que antes. Emitió un quejumbroso gemido al levantarse, tambaleante. Estaba helada.

Entonces escuchó el sonido grave del campanario. Abrió mucho los ojos y aguantó la respiración durante varios segundos hasta poder serenarse. Otra muerte más. La tercera en dos días.

Se vistió de nuevo con su roída sudadera, los vaqueros rotos y sus viejas zapatillas. Con gesto solemne, tomó tres enormes y hermosas rosas blancas y salió al exterior.

Lloviznaba levemente, como si el cielo llorase sin atreverse a hacerlo. Lis miró a su alrededor, aún aturdida. Las personas, como sombras de lo que habían sido, avanzaban por las calles, plagadas de barro y de aguas fecales. La noche era más negra que antes, pero desconocía qué hora era. Asió las tres rosas, apoyándolas contra el pecho. Su latido se plasmó en ellas.

Avanzó, sintiéndose invisible, por la corriente de personas que se dirigían hacía el cementerio. Se escuchaban clamores, lamentos, sollozos penetrantes, de esos que agujereaban el alma. Lis comenzó a notar como los escalofríos se adueñaba de su propio cuerpo. Tropezó varias veces. Se derrumbó otras tantas. Se incoporaba torpemente. Las gotas de lluvia que corrían por su rostro, bien podían parecer lágrimas de dolor.

—La florista —escuchó susurrar a su alrededor.

—Lleva rosas. Qué hermosas son.

Lis los miraba sin mirarles, sonriendo tristemente. Notaba el miedo en sus rostros, pero también la esperanza. La agrietada piel de sus mejillas parecía brillar incandescente en la noche más negra. Y mientras seguía y seguía adelante, hacia el entierro de otro fallecido, la muchedumbre la seguía a una distancia prudencial. La querían y la temían. La odiaban y la amaban. No querían vivir con ella, pero no sabrían qué hacer sin la florista. La florista de las flores eternas, la florista de las flores que no morían nunca.

La mujer entró en el cementerio. El terreno lamoso se hundía a medida que avanzaba. Los llantos de dolor eran fuertes y desgarradores. Tuvo que cerrar los ojos durante algunos segundos, porque no podía soportar perder la mirada en los nombres inscritos en las lápidas, nombres de personas que conocía, nombres de personas que se consumían bajo tierra. Que solo eran polvo. O tal vez ni eso.

Llegó junto un grupo de personas. Ya no existía religión. Los Seres de los Cielos se la arrebataron. Nadie presidía esa ceremonia, nadie sabía qué decir. Solo había silencio, silencio y resignación. Entonces vio a dos padres que se abrazaban al cuerpo amortajado de un niño, blanco y helado como la nieve. Las heridas negras habían cubierto la mirada de su rostro, otorgándole un aspecto tétrico y casi nauseabundo.

—Flores. Por piedad. Flores. Flores. Por piedad. Flores —gemía la madre, derrumaba de dolor.

Se apartaron para dejar pasar a la florista. Lis intentó mantenerse fuerte, pero la muerte de ese niño la perturbó demasiado. Miró a los padres, sin saber qué más podía hacer que aparecer allí con tres rosas blancas. El hombre, desgarbado, flaco, barbudo, la asió de las muñecas y Lis cayó de rodillas al suelo. Él se derrumbó sobre sus piernas y lloró en silencio, destrozado, impotente. La madre abrazaba el cadáver de su hijo, lo acunaba como si estuviera dormido.

—Lo siento. Lo siento mucho —musitó Lis.

Hasta su propia voz sonaba extraña, como si no fuera suya. Las notas de su entonación murieron en la inmensidad del universo. Entonces, el encapotado y lluvioso cielo, fue invadido por puntos de luces, fijos, silenciosos y distantes. Todos levantaron las miradas a lo alto. Todos excepto los padres y Lis, que no podía dejar de mirar al niño.

Le tendió las rosas a la madre. La mujer las asió con una mano temblorosa y las depositó en el pecho inmóvil del crío. Su llanto se hizo más agudo y más grave, y Lis temió que se desmayase. El hombre se irguió entonces, con el gesto descompuesto y tomó una pala. Soltando un grito ensordecedor, empezó a cavar la tumba.

Las luces de los Seres del Cielo se aproximaban más y más. Siempre aparecían cuando moría alguien, y permanecían ahí durante varias horas, aún cuando ya todo el mundo se había ido. Algunos pensaban que venían a mofarse de la fragilidad de la vida de los habitantes terrestres. Otros pensaban que era su manera de mostrar respeto.

Lis pensaba que venían a ver sus flores.