viernes, 29 de abril de 2016

#COLUMNA-OPINIÓN: La tortura creativa





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Me lo pidió un día, y yo no supe negarme. Por aquel entonces, yo me sentía cómo una de esas personas sin rostro, ni alma. Un ente que vagaba por este mundo, por mi ciudad, arrastrando los pies y pisoteando mis ideas. Tenía heridas en mi respiración, canas en mis pensamientos y quemaduras en mi voluntad. Un ser étereo, pero con un lastre de piel putrefacta que me delataba. 

Nunca hacía calor en mis días, pero el frío tampoco era suficiente. 

Al respirar sentía como si el aire se hubiera convertido en cenizas grises que tan solo yo sufría, que tan solo a mí me mataban. Se me olvidaba cómo caminar. Me tropezaba con mi sombra, y con los pedazos de mí misma que se me caían. Recuerdo ese sonido contra los adoquines de la acera. "Clop, clop, clop". Era como una cadena de vergüenza, como quien camina desnudo por una concurrida avenida. Me desintegraba a cada paso, aún a sabiendas de que nunca terminaría de desaparecer. Yo agarraba el vacío, querría expirar, quería expirar. Pero en realidad no.

Tenía tatuada la cobardía en la pupila de mis ojos. Mis axilas sudaban sangre y las raíces de mis pies ardían. La hierba de mi bosque era ahora de color azul, pero un azul oscurecido, que nada tenía que ver con el azul del mar o el azul de cielo.

Tenía cáncer en mi alma. Cáncer en mi alma. Cáncer en mi alma. Mi bosque se había quemado. Yo lo había quemado. Tener que despedirse de tal manera sería lo más duro que podría hacer nunca. Pero eso fue mi maldición, siempre lo fue, desde que su semilla surgió en mi inspiración como un sueño inocente, como el sueño de un niño. Y me abracé con fuerza a él. O a ella. 

Y me dejé poseer, me entregué, como quien se entrega a la fe, a Dios, a sus leyes. 

Como quien entrega su vida a las páginas de una novela. Qué necedad tan efímera.

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