viernes, 27 de mayo de 2016

#LITERATURA: El tiempo que nos une, de vida y adiós // *****


Querido Alejandro:

Y permíteme la cercanía, porque tras haber leído "El tiempo que nos une" no puedo dirigirme a ti de otra forma que no sea desde el aprecio casi familiar y la sensación de estarle escribiendo a una persona más humana de lo que es habitual. 

No voy a mentirte, no voy a pecar de soberbia. En realidad, yo no te conocía. Imagino que tú a mi tampoco, así que esto nos deja en la tesitura incómoda de las presentaciones que una nunca sabe cómo debe empezar. Te vi en la presentación de tu última novela "Un perro", a la que cualquier amante de los animales (aunque en mi caso sean los gatos) se prestaría a escuchar con mucho sentimiento. ¿No crees que hay algo especial en la mirada de alguien que convive con un familiar de cuatro patas? ¿A qué sí? Eso mismo que puede encontrarse en las letras, más sensibles. Unas letras que acarician la piel y el alma... ¡Qué cretina osadía, Alejandro!

Lo que escribía: te vi. Estábamos en A Coruña, en el Ágora, un jueves a la hora en la que debería estar preparando la cena. Ese halo de escritor, de los de verdad, de los que materializan vidas en los libros, te rodeaba. Había llegado allí para acompañar a una amiga que quería un ejemplar firmado. Yo iba con el ceño fruncido y el orgullo oxidado. Si, te contaré un secreto: la envidia me corroe en este tipo de actos. Siempre tengo ganas de ser yo la que ocupe el atril y que sea mi libro el que el auditorio abrace entre sus manos. 

Me permites ser tan franca, ¿verdad? Aunque nunca llegaré a serlo tanto como Mencía.

¡Mencía! Aunque habíamos ido allí para hablar de "Un perro", en un momento dado terminaste hablando de "El tiempo que nos une". Y a mi, amante de las letras tanto como de los animales, no me pasó desapercibida la fuerte carga emocional que tu voz, a ratos rota, denotaba sin remedio. Yo casi no podía respirar, como si en un momento dado me hubieras robado la vida. El movimiento de tus manos, la tibieza de tu expresión y tus pupilas anhelantes. Lo supe. Lo vi. Y cuando dijiste que tú querías que te enterrasen con "El tiempo que nos une", cuando dijiste que todos deberían leerla, yo quise necesité leerla. Lo necesité con tanta premura que la impaciencia de apropio de mi ser. Sentí la típica ansiedad que me crea el saber que me enfrento a una gran obra, de esas única, de esas con las que una se encuentra una sola vez en la vida.

Entonces el destino me llevó a tu presentación, y el destino me llevó al tiempo que nos une.

Casi me temblaban las piernas cuando lo tuve, Alejandro. El ejemplar temblaba en mis manos. ¿Qué ridículo, verdad? ¡Qué niña tonta! diría Mencía mientras se acomodaba la dentadura. No me culpes, ni me juzgues. Sabía que sería enriquecedora para mí. Y dolorosa, porque todo lo que nos enriquece, en cierta parte, nos hace daño.

Y no sabría cómo expresar qué es esa novela, a pesar de que este Blog presume de ser un espacio de reseñas. ¡Una escritora que se ha quedado sin palabras!

Un libro infinito y efímero. Tan infinito y efímero como la vida. Lo cotidiano de sus protagonistas, tantas protagonistas, tanta vida que explota el corazón. La vejez y la muerte. Los sentimientos. Esos lazos, ese tiempo de unión, entre unas mujeres perdidas que buscan encontrarse. Entre unas mujeres, todas ellas, que se esfuerzan en morder todos los reveses de su existencia, que conocen lo que es el llanto y la fragilidad. ¿Qué espacio queda para nada más que precisamente ese llanto? Porque la vida de Mencía, de Inés, de Bea, de Helena... y de Jorge, de Tristán... es intermitente como la luz del faro.

¡Al faro!

Maldita Virginia Wolf y su faro. Y su isla. Y sus tormentas. ¿Tú también te has empapado de ella, verdad Alejandro? Es una forma de entender la vida.

Alejandro, no sé si puedo perdonarte. Quiero demasiado esta novela, dolió mientras la leía pero dolió todavía más cuando se terminó. No me resignaba a dejarla ir, no como ese velero que pereció en el mar intrépido. Una de las mejores obras de vida y muerte que he leído durante los otoños que arrastro a mis espaldas. 

Y sin palabras, Alejandro, aquí me tienes. A tu merced.