lunes, 14 de diciembre de 2015

#COLUMNA-OPINIÓN: El amor y otras enfermedades incurables



La vida gira entorno a él, como un bucle infinito. Es lo que otorga magia a las trivialidades, lo que nos hace correr sin desfallecer y lo que nos permite seguir adelante a pesar de todo. Desde muy jóvenes, desde que nuestros latidos aún son tiernos y lucimos esa inocencia cristalina en la mirada, caemos en las redes, en las garras, los pétalos y la incertidumbre de amar. Y, si tenemos suerte, lo hacemos sin etiquetas, sin restricciones: con pureza, dejándonos llevar y sin temer ni pensar en las consecuencias. Quizás todavía no conozcamos el dolor y el llanto más agudo que existe, quizás todavía sólo sabemos sonreír dulcemente. Y mirar a los ojos y decir "te quiero" sin importar nada, porque somos soñadores, y soñadoras. Un día cogemos ese tren, ese avión, ese coche, y nos vamos sin mirar atrás buscando abrazar la vida.

El amor adolescente, o el amor joven, el primero o el segundo. O los primeros. Ese es del que hablan los libros, las canciones de amor y las películas. Ese es el que marca nuestra alma y latidos como sangre hirviendo tatuada en nuestras venas. El que nos enseña lo que es de verdad querer sin mesura ni contenido, porque nuestra razón no quiere existir todavía. Queremos besar, queremos abrazar, apenas hay nada más que puro cariño desenfrenado. Daríamos la vida por un minuto más, lo sacrificaríamos todo por un segundo más ahí, agarrando esa mano candente sobre la almohada en soledad. Esa soledad que, en esos años, es un lujo difícil de conseguir. Buscamos una madriguera como los animales del bosque, como los animales de Marafariña.

Se le eleva (al amor, siempre hablamos del amor) al nivel máximo de los motivos y movimientos de la vida humana, ésta tan anodina, tan frenética y tan carente de musicalidad. Es como la religión, como las creencias espirituales, aquello que nos rescata de nuestra efímera existencia. Y nos hunde, porque cuando este hechizo se rompe, explota, te dice adiós sin palabras, el corazón (aún adolescente) se quiebra para no volver a ser el mismo jamás, para no volver a soñar sin conciencia, para no volver a confiar en los saltos al vacío. Cuando esa mano en la almohada se queda sola e inerte, y ya nadie te va a acariciar mientras te mira dormirte.

Pero el amor es infinito, y no termina nunca. Aunque cuando vuelve es diferente.

La madurez nos enseña a amar, porque caminamos mirando las huellas que dejamos y la que otros han dejado. Tenemos miedo a sufrir, a dar demasiado y a que nos vuelvan a hacer sangrar. Los pulmones están infestados de dudas, y el hígado nos da pinchados de prudencia. A veces las pesadillas te recuerdan a una vez (o dos, o incluso tres) en las que era un niño que amaba con los brazos abiertos, pero ahora sientes que la existencia ha dejado demasiados mordiscos en tu piel.

El amor de ahora, el actual, real o no, nos otorga tranquilidad, sosiego y abrazos por la noche. Amas, sí, amas con fuerza y vitalidad, pero te amas más a ti mismo. Y tus sonrisas no son tan reales, porque están colmadas de la tristeza pasada. Incluso has aprendido a mentir. A veces no tienes ganas de besar, ni de abrazar. A veces, el cansancio puede más que todo lo demás. Pero ya no lloras tanto, solo suspiras mientras conduces de vuelta a casa. No te puedes derrumbar, porque sostienes muchos pilares. Los sueños son para otros, no para ti.

Pero mira.

Llegas, y hay calor en casa. Y alguien ha preparado pescado a la plancha y ha servido dos copas de vino. Dejas en el felpudo el malhumor y las ganas de llorar por la impotencia de la vida. Tienes miedo, pero al mirarle a los ojos quieres olvidarlo. Un beso muy veraz, más que cualquier otra cosa. Y un abrazo, a veces más largo de lo habitual. Y de repente te recuerda que te quiere, y la felicidad te colma.

Sigues enferma de amor y de vida, pero haces cómo que no te importa.