viernes, 13 de noviembre de 2015

#COLUMNA-OPINIÓN: Las horas no mueren



Creo que el tiempo es algo que le obsesiona a prácticamente cualquier ser humano. Y, si no es obsesión, al menos una parte de ese mismo tiempo está dedicado a pensar en el tiempo, más en el futuro que en el pasado y pocas veces en el presente más inminente que, a cada segundo, se va quedando atrás.

Desde mis más tiernos años es algo a lo que le he intentado buscar lógica y sentido. Teniendo en cuenta que durante gran parte de mi vida fui una persona cuyo espíritu estaba dedicado a una creencia religiosa que abogaba incansable por la eternidad en un paraíso, no me dejaba vencer por el desasosiego porque la esperanza real lo aplacaba. Sin embargo estaba ahí. Quizás por eso leía libros, quizás por eso me daba tantísimo miedo la muerte y la enfermedad (esta última la he vivido muy de cerca siempre), quizás por eso me torturaba tanto, cuando era una cría en edad de no preocuparse por nada.

A medida que fui creciendo, el paso del tiempo se fue haciendo más real y, al mismo tiempo, iba perdiéndole el miedo. Mi fe era más fuerte y más implacable, la frescura de la juvenil adolescencia me tenía más ocupada en temas amorosos que en cualquier otro asunto. Pero, de repente, no sé en qué punto exacto, mi presente da un giro y esa esperanza de vida eterna se vuelca y cae, desmoronándose a mis pies, irradiando una luz falsa. Demasiado pronto me doy de bruces con la más absoluta verdad: todas las horas mueren.

La vejez es algo que siempre me ha apasionado. El vivir con mi abuela materna en casa, además, me ha mantenido muy unida a esa edad tan finita y tan especial, plagada de sabiduría y de vivencias, con la mirada calmada y sosegada, casi contemplativa, que yo observaba con curiosidad y anhelo. Quería sentir esa misma paz y hacerla mía. Y cuando le preguntaba a mí abuela cómo conseguirlo, me sonreía y reinaba el silencio.

Fruto de esto, y de Marafariña, es "Todas las horas mueren". Si bien es cierto es la segunda no está relacionada con la primera, las raíces son el mismo lugar y una no podría vivir sin la otra. Frente a la juventud vital de Ruth y Olga, está la anciana protagonista de esta obra, Olivia, que se trata de un personaje que lleva muchísimo tiempo incubando y creciendo en mi interior. Me ha fascinado hacerla vivir y enseñarle a morir. Me ha fascinado hacerla infeliz y colmarla de deseos de encontrar la alegría.

Para mí ha sido un aprendizaje interior y un desahogo brutal plasmar esta novela, a la que guardo un cariño infinito y la que he releído infinidad de ocasiones durante estos meses. Porque me alivia, me cura, y me hace jugar a que soy valiente.

Todavía falta un poco de tiempo para que vosotros podáis leer "Todas las horas mueren" que, espero disfrutéis y viváis enormemente. 

Pero, mientras tanto, os contaré un secreto: No es cierto que todas las horas mueran.